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Edmundo Retana: Pasajero de la lluvia
Carlos Bonilla Avendaño
31 de octubre 2006.
No es cierto. Edmundo –el de ayer, el de hoy- no es un “pasajero de la lluvia”. Es él el portador de la lluvia. Es en la cóncava vasija de su alma donde habita, por siempre un aguacero.
Edmundo Retana deja que algunas gotas se empocen en el alambique de su corazón y luego, en cualquier octubre, nos convoca a brindar con su destile de aguaceros, mezcla de lluvia, bruma y un trozo de arcoiris en la flor de las entrañas.
La lluvia es el potrero, la casa de los hermanos, los rostros fugaces, el pabellón número cinco, la voz de Mario, un ángel en la sombra, los muros derruidos… Lluvia que se nos va infiltrando conforme leemos el poemario, que se va haciendo nuestra, que nos transforma en personas elegidas en las que también ella habita.
“Pasajero de la lluvia “, en su parte I, nos despide de los barrios josefinos en donde la niñez transcurría entre potreros, pozas con olominas y paisajes con roble sabana. Los barrios siguen ahí, pero los paisajes –de afuera y de adentro- no volverán a ser los mismos.
Mas no estamos ante un poemario “de recuerdos” o de simples ecos del pasado. Ese aguacero contenido que Edmundo deja destilar gota a gota, poema a poema, ha pasado por el filtro del profundo y verdadero “dolor de vivir”, eso que trasciende en intensidad y en hondura a la mera pose del “poeta sufriente”, detrás de la cual muchas veces hay tan solo un fugitivo incapaz de enfrentar sus propios rostros. Al convertir ese dolor, vivido alguna vez como soledad, delirio y angustia, en poesía, sobre todo en la parte II del libro, Retana nos regala una vez más “el peso de la intensidad” que según Eliseo Diego debe llevar todo susurro poético.
La parte III es la zona del reencuentro, de la reconciliación con la propia alma y con el alma –ánimus y ánima- de los demás. En ella se cumple el desafío/esperanza plasmado en la Parte II , “Más tarde llegaré, podré aún, dentro del laberinto, de nuevo amar, engendrar vida, perdonarme.” Los poemas de esta última parte son los de un sobreviviente de sí mismo.
Quizás por esa simbiosis entre trabajo de alambique y dolor de vivir, por esa mezcla de delicadeza y profundidad, la lectura de este poemario me recordó la sensación única de caminar en esa dolorosa felicidad que nos hace, bajo el aguacero, sentirnos niños y libres mientras en el rostro se confunden lluvia y llanto.
Para mí, “Pasajero de la lluvia” y “Los bailes íntimos” (primera obra de Edmundo Retana, injustamente desconocida) son un solo libro. Vibran en el mismo tono –excepto el “ars poética” dedicada a Camilo, que tiene un timbre distinto- y conforman un poemario excepcional (o, en todo caso dos poemarios excepcionales) en la historia literaria del país.
Estos poemas de Retana nos traen, al igual que su lluvia, “fragancias antiguas que se esparcen como si fuera la primera vez sobre el mundo.”
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